Te apareces, te vas, vienes, vuelves a tu lugar, me cansas la vista y la imaginación.
Dejas caer canicas en mi baldosa, un millón, con expresión gélida e inflexible en tu rostro de estatua mausoleica en marfil.
Haces ruido, traes estruendo a esta, mi corte del absurdo, más llena de bufones que de cortesanos.
Acrecientas mi caos, tomas las riendas de este carnaval atroz.
Rompes bisagras, quiebras ventanales y claraboyas, dejas a la intemperie a mi majestad desmoralizada, desnuda y demacrada, llena de llagas hondas para que filtres tu lluvia ácida en goteras eternas de terror.
9.5.09
Luces
El sol termina de ponerse mientras la micro avanza lentamente en medio del atochamiento. Unos cuantos pasajeros viajan silenciosos en el oscuro interior del vehículo, con la vista perdida en un punto del espacio y una expresión de angustiosa introspección. De pronto, las luces del microbús se encienden, tomando a todos por sorpresa. Es como una bofetada de la realidad: todos salen de su estupor, de su ensimismamiento, y cruzan entre sí miradas breves. Breves, sí, pero cómplices. Cada uno cree que sabe lo que el otro cree saber. Cada uno siente que el otro viene también saliendo de su guarida a medio vestir. Y de inmediato vuelven la vista hacia la ventana, como queriendo vestirse rápido y al mismo tiempo evitar ver la desnudez ajena. Miran afuera a través del cristal, como queriendo ignorar una realidad mucho más próxima y evidente que el exterior del vehículo. Pero todos saben que por un instante fueron partícipes del mismo evento sublime, y que tuvieron una única revelación: uno nace desnudo, y se viste para los demás.
28.3.09
El Cigarrillo
Hola oscuridad, nos volvemos a ver. Hoy vuelvo a ti con un ánimo renovado de llorar hasta morir, de ser el más desdichado del pueblo. Puse la música más triste que encontré, y tengo la sensación de que esta vez será memorable. Pero siempre es lo mismo, al día siguiente ya nada es igual, y el recuerdo no tiene comparación alguna con el momento en sí. Durante el día es imposible volver a vivir esa angustia tan adictiva, esa catarsis de la propia tragedia, ese vértigo de estar parado al borde del abismo y no poder saltar ni dar un paso atrás. A veces me gustaría eternizar las noches, para tenerte siempre a mi alrededor, oprimiéndome y obligándome a mirar hacia adentro. Bueno, aquí me tienes, volviendo a abrazar esos malos recuerdos de situaciones que construí en mi cabeza, de conflictos que nunca empezaron, de sufrir a causa de personas que nunca se enterarán de que causaron daño. La paradoja de sufrir por culpa de los inocentes. Y se acaba la noche, y salgo al mundo para encontrarme con sonrisas, y yo devuelvo sonrisas también, y al anochecer vuelvo a encontrarme contigo -y conmigo- y me reprocho por la hipocresía eterna que es mi vida, un eterno olvidar las noches y danzar como un estúpido al compás del optimismo.
27.12.08
Lo Otro
- Despierta -susurró su hermano mayor a un costado de la cama-. Hay algo que debes conocer.
Tomás no parecía entender mucho. Se pasó las manos por el rostro como queriendo quitarse el sueño de encima. Se irguió en su lecho y miró el reloj de su velador: eran las dos de la mañana. Ya era tarde para objetar, pues su hermano salía en ese instante por el portal de la habitación. Tanteó el piso intentando encontrar sus zapatos en medio de la oscuridad casi absoluta del cuarto, pero la búsqueda fue vana y no tuvo más alternativa que salir descalzo para no quedarse atrás. Hacía frío afuera, y la hierba se sentía húmeda bajo sus pies desnudos. Miles y millones de estrellas inundaban el cielo esa noche. Normalmente, Tomás se hubiese quedado contemplando el firmamento, pero ahora estaba preocupado. Corrió para alcanzar a su hermano, que caminaba impertérrito unos metros más adelante, como guiado por una fuerza ajena a esta realidad.
- ¿Hacia dónde vamos? -preguntó jadeando-. ¿Puedo al menos volver por mis zapatos? Creo que me voy a resfriar...
- Tranquilo -contestó su hermano, con la voz de alguien que se encuentra bajo el efecto de la morfina-. No sentirás nada cuando lleguemos.
- ¿Llegar adónde? -insistió Tomás. Comenzaba a desesperarse.
Su hermano no respondió. Se adentraron en el bosque, sin linterna, sin brújula, sólo con sus pies. Recién allí Tomás advirtió que su hermano tampoco traía zapatos. Estaba asustado, no sabía en qué iba a terminar el viaje, y tampoco era capaz de volver a la casa. No conocía la razón. Quizás era porque temía dejar a su hermano solo en medio del bosque y en ese estado. O tal vez era que sentía una suerte de atracción por lo desconocido, por salir de esa incertidumbre que lo agobiaba y saber finalmente de qué se trataba todo. Fuera cual fuese el motivo, Tomás dejó de darle tantas vueltas al asunto en el momento en que su corazón comenzó a latir cada vez más fuerte. Palpitaba de tal manera que podía sentir en lo más profundo de sus oídos el ir y venir de la sangre. Su pulso se aceleró hasta alcanzar un ritmo violento, y un calor le subió desde el cuello hasta la nuca. Él no hacía más que seguir de cerca a su hermano para no perderlo de vista, pues temía poder desmayarse en cualquier minuto, como si su sistema nervioso se apagase lentamente. De pronto se le nubló la vista, pero para sorpresa suya sus pies seguían moviéndose con autonomía, como si estuviesen siendo comandados por un sistema paralelo e independiente. Dejó de controlar su marcha. De hecho, dejó de controlarse a sí mismo. Lo invadió el pánico, inútil a esas alturas. De nada servía atemorizarse, cualquier intento de resistencia era nulo. Ya no era dueño de sí, y su mente cayó de súbito en el sopor...
Here I Am - Flying Saucer Attack
Tomás no parecía entender mucho. Se pasó las manos por el rostro como queriendo quitarse el sueño de encima. Se irguió en su lecho y miró el reloj de su velador: eran las dos de la mañana. Ya era tarde para objetar, pues su hermano salía en ese instante por el portal de la habitación. Tanteó el piso intentando encontrar sus zapatos en medio de la oscuridad casi absoluta del cuarto, pero la búsqueda fue vana y no tuvo más alternativa que salir descalzo para no quedarse atrás. Hacía frío afuera, y la hierba se sentía húmeda bajo sus pies desnudos. Miles y millones de estrellas inundaban el cielo esa noche. Normalmente, Tomás se hubiese quedado contemplando el firmamento, pero ahora estaba preocupado. Corrió para alcanzar a su hermano, que caminaba impertérrito unos metros más adelante, como guiado por una fuerza ajena a esta realidad.
- ¿Hacia dónde vamos? -preguntó jadeando-. ¿Puedo al menos volver por mis zapatos? Creo que me voy a resfriar...
- Tranquilo -contestó su hermano, con la voz de alguien que se encuentra bajo el efecto de la morfina-. No sentirás nada cuando lleguemos.
- ¿Llegar adónde? -insistió Tomás. Comenzaba a desesperarse.
Su hermano no respondió. Se adentraron en el bosque, sin linterna, sin brújula, sólo con sus pies. Recién allí Tomás advirtió que su hermano tampoco traía zapatos. Estaba asustado, no sabía en qué iba a terminar el viaje, y tampoco era capaz de volver a la casa. No conocía la razón. Quizás era porque temía dejar a su hermano solo en medio del bosque y en ese estado. O tal vez era que sentía una suerte de atracción por lo desconocido, por salir de esa incertidumbre que lo agobiaba y saber finalmente de qué se trataba todo. Fuera cual fuese el motivo, Tomás dejó de darle tantas vueltas al asunto en el momento en que su corazón comenzó a latir cada vez más fuerte. Palpitaba de tal manera que podía sentir en lo más profundo de sus oídos el ir y venir de la sangre. Su pulso se aceleró hasta alcanzar un ritmo violento, y un calor le subió desde el cuello hasta la nuca. Él no hacía más que seguir de cerca a su hermano para no perderlo de vista, pues temía poder desmayarse en cualquier minuto, como si su sistema nervioso se apagase lentamente. De pronto se le nubló la vista, pero para sorpresa suya sus pies seguían moviéndose con autonomía, como si estuviesen siendo comandados por un sistema paralelo e independiente. Dejó de controlar su marcha. De hecho, dejó de controlarse a sí mismo. Lo invadió el pánico, inútil a esas alturas. De nada servía atemorizarse, cualquier intento de resistencia era nulo. Ya no era dueño de sí, y su mente cayó de súbito en el sopor...
··································· O ···································
- Despierta -susurró una voz amorfinada-. Ya estás aquí.
Tomás no entendía nada. Se llevó las manos a la cara, pero esta vez sin la intención de quitarse el sueño de encima, sino para cubrirse los ojos. En cuestión de segundos su vista había pasado del oscuro sosiego que ofrece el interior de los párpados, a una luminosidad intensa y extraordinaria, como de otro lugar. Estaba tendido bajo un cielo de madrugada, en medio de un extenso cultivo de trigo que no había conocido en ninguno de sus anteriores paseos por la zona. A unos metros de distancia estaba su hermano sonriendo, haciéndole un gesto para que lo siguera, y varios metros más allá se encontraba un platillo volador detenido sobre el trigo, emitiendo en todas direcciones esa luz blanca y agresiva a la que tanto trabajo le costó acostumbrar la vista. Se levantó despacio, sin frío, sin calor. Pisó y no pisó el trigo, y caminó a paso firme detrás de su hermano. Su espíritu estaba vivo y dispuesto para lo otro.
- Ya estoy aquí.
Tomás no entendía nada. Se llevó las manos a la cara, pero esta vez sin la intención de quitarse el sueño de encima, sino para cubrirse los ojos. En cuestión de segundos su vista había pasado del oscuro sosiego que ofrece el interior de los párpados, a una luminosidad intensa y extraordinaria, como de otro lugar. Estaba tendido bajo un cielo de madrugada, en medio de un extenso cultivo de trigo que no había conocido en ninguno de sus anteriores paseos por la zona. A unos metros de distancia estaba su hermano sonriendo, haciéndole un gesto para que lo siguera, y varios metros más allá se encontraba un platillo volador detenido sobre el trigo, emitiendo en todas direcciones esa luz blanca y agresiva a la que tanto trabajo le costó acostumbrar la vista. Se levantó despacio, sin frío, sin calor. Pisó y no pisó el trigo, y caminó a paso firme detrás de su hermano. Su espíritu estaba vivo y dispuesto para lo otro.
- Ya estoy aquí.
Here I Am - Flying Saucer Attack
23.12.08
Ave Melodía
Dios te salve, Melodía
llena eres de magia
el Amor es contigo
bendita tú eres entre todos los placeres
y bendito es el fruto de tu vientre, el Blues
Santa Melodía, Madre de Dios,
ruega por nosotros auditores,
ahora y cuando perdamos el oído, Amén
llena eres de magia
el Amor es contigo
bendita tú eres entre todos los placeres
y bendito es el fruto de tu vientre, el Blues
Santa Melodía, Madre de Dios,
ruega por nosotros auditores,
ahora y cuando perdamos el oído, Amén
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